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¿Es necesario comer más cuando hace frío?

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¿Te pasa que en invierno te da más hambre? No estás solo. Mucha gente siente que necesita comer más en los meses fríos. ¿Pero esto es solo una sensación o nuestro cuerpo realmente lo pide? Veamos.

Por qué sentimos más hambre en invierno

La temperatura corporal central es un indicador de salud importante, junto con la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la oxigenación. Varía según factores internos (lugar de medición, ritmos circadianos y menstruales, condición física y envejecimiento) y externos (el entorno, la dieta y el estilo de vida).

El organismo recurre a la termorregulación para mantener la temperatura llamada «central» (cerebro-mediastino y abdomen) dentro de un rango relativamente estrecho (36 a 37 °C). Cuando hace frío, el cuerpo tiene que esforzarse para mantenerla, ya que es esencial para que todo funcione bien.

Pero mantenerse caliente no es gratis: requiere energía. Y una de las formas más rápidas de obtener esa energía es… comiendo.

Al comer, generamos calor (sí, el famoso «calorcito» después de una buena comida caliente tiene explicación). Este proceso se llama termogénesis, y es una forma natural en que el cuerpo ayuda a conservar su temperatura.

Qué hace el frío en el cuerpo

A menudo, la temperatura suele preocuparnos cuando sube. Pero el fenómeno inverso también merece atención. La hipotermia es una disminución de la temperatura corporal central por debajo de 35 °C. El cuerpo intenta defenderse del frío y reacciona para evitarla con diferentes herramientas:

Escalofríos: contracciones musculares involuntarias que generan calor, pudiendo multiplicar hasta por seis el gasto energético en reposo.

Vasoconstricción periférica: el diámetro de los vasos sanguíneos se angosta, se reduce la pérdida de calor para mantener la sangre en el el área central del cuerpo.

Activación hormonal: adrenalina y hormonas tiroideas que aumentan el metabolismo.

Activación del tejido adiposo marrón: existe la termogénesis sin escalofríos, un proceso que ocurre principalmente en el tejido adiposo pardo. Los recién nacidos poseen mucho y los adultos apenas 60 gramos almacenados cerca de la columna vertebral, arriba de la clavícula y alrededor de los genitales. Es más activo también en adultos durante el invierno.

Y también recurrimos a conductas adaptativas: nos movemos, usamos más ropa o más abrigada, ingerimos alimentos calientes y calóricos y usamos más medios de transporte en lugar de caminar.

Ahora bien, hoy en día vivimos rodeados de calefacción, ropa térmica y transporte cómodo. Es decir, no estamos tan expuestos al frío como nuestros antepasados. Entonces, ¿por qué seguimos teniendo más hambre en invierno?

¿Y si todo esto viene del pasado?

Durante miles de años, el invierno fue sinónimo de escasez: menos comida, más frío, más esfuerzo por sobrevivir. Nuestro cuerpo, muy sabio, desarrolló estrategias para prepararse ante ese escenario: comer más, acumular grasa y gastar energía de forma eficiente.

Aunque estamos en 2025 y tenemos supermercados bien surtidos todo el año, esos mecanismos siguen activos. Este desajuste entre lo que nuestro cuerpo cree que va a pasar y lo que realmente pasa podría explicar por qué a veces comemos más de lo necesario.

Por eso, cuando llegan los días fríos y oscuros, muchas veces se activa ese «modo invierno»: más apetito, más ganas de platos calóricos, menos movimiento. Es una especie de reflejo ancestral.

¿Realmente necesitamos más calorías?

Depende. Si vivís en un lugar donde hace mucho frío y pasás varias horas al aire libre (por ejemplo, trabajando o haciendo deporte), tu cuerpo sí va a necesitar más energía. En esos casos, el gasto calórico puede aumentar entre un 5% y un 20%.

Pero si pasás la mayor parte del tiempo en espacios calefaccionados, bien abrigado y con poco contacto directo con el frío, lo más probable es que no necesites comer más. Tu cuerpo no está gastando tanta energía extra.

¿Por qué buscamos comidas calientes?

Porque ayudan a elevar la temperatura del cuerpo más rápido. Además, son reconfortantes y generan sensación de bienestar. Por eso en invierno se nos antojan sopas, guisos, pastas, tés, chocolates calientes. Todo eso no solo «calienta el alma», también tiene un efecto fisiológico real.

En invierno buscamos alimentos más densos en energía. Foto: ShutterstockEn invierno buscamos alimentos más densos en energía. Foto: Shutterstock

Qué dice la ciencia

Algunos estudios han mostrado que, tras exponerse al frío (por ejemplo, nadar en agua fría), las personas tienden a comer más. Participantes de una investigación consumieron más energía después de la inmersión en agua fría a 16°, en comparación con agua termoneutral a 35°. No hubo diferencias en apetito, es como si el cuerpo «aprovechara» para reponer energía aunque no lo notes conscientemente.

Además, hay evidencia de que en invierno no solo comemos más, sino que cambiamos nuestras preferencias: buscamos alimentos más grasos, más densos en energía.

Entonces, ¿hay que comer más en invierno?

Solo si lo necesitás. Se ha visto que en otoño e invierno, muchas personas aumentan de peso. No es mucho, pero año tras año, se acumula. La mayoría de nosotros pasamos el invierno entre calefacción, pantallas y frazadas, no hay una necesidad real de aumentar la cantidad de comida.

Lo importante es escuchar a tu cuerpo: si tenés hambre, comé; pero si no lo sentís, no lo hagas solo «porque es invierno». Elegí comidas calientes, sí, pero nutritivas. Y seguí siendo vegetariano a tiempo parcial, la mitad de tu comida debería ser verdura y fruta. Mantené una rutina de movimiento y no te olvides de hidratarte, aunque no tengas tanta sed como en verano.

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