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montañas, viñedos, pueblos con encanto y sabores únicos

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“Mil pesos la foto señor, una foto por mil pesos”, dice un nene que no tendrá más de 7 o 8 años, junto a una llama blanca emperifollada con gorro de lana y cintas tejidas. Está en la entrada al puente por el que la ruta nacional 40 cruza el río Calchaquí para llegar a Cachi, en Salta.

Detrás, más allá de los techos de las casas escondidos entre cerros y árboles, se ven las montañas, que se van elevando hasta que al fondo, como un vigía gigantesco, asoma el Nevado de Cachi, la cumbre más alta de la zona, con sus nieves eternas a más de 6.300 metros.

Cachi es un pueblo blanco que, con su arquitectura colonial, sus refinadas casonas de adobe, sus veredas altas de piedra gris con faroles que acompañan las tranquilas calles adoquinadas, logra el hechizo de aparentar que atrapa el tiempo, hace que pase lento, como si por un momento ingresáramos a alguna dimensión paralela.

La iglesia San José, en Cachi, con sus techos de madera de cardón. Foto ArchivoLa iglesia San José, en Cachi, con sus techos de madera de cardón. Foto Archivo

Todo está allí en Cachi, a la vista y a disposición, en tres cuadras a la redonda desde la plaza 9 de Julio, frente a la iglesia San José, con techos de madera de cardón, y al Museo Arqueológico Pío Pablo Díaz.

Se dice que su nombre proviene de la lengua kakán como unión de las palabras “kak” (peñón, piedra) y “chin” (silencio, soledad). Y que el pueblo nació en ese oasis creado por el encuentro de los ríos Cachi y Calchaquí, lo que dio lugar a la cría de vicuñas y llamas y a cultivos de maíz, quínoa y pimientos, que alfombran las laderas de rojo cuando se secan al sol.

Cachi es uno de los corazones de los Valles Calchaquíes, ese escenario de valles y montañas en el que hace siglos se desarrollaron distintos pueblos que hablaban un idioma en común -el kakán-, a los que los incas englobaron en el término diaguitas y que supieron luchar y resistir a la conquista española.

Pimientos secándose al sol en las cercanías de Cachi. Foto ArchivoPimientos secándose al sol en las cercanías de Cachi. Foto Archivo

Es allí donde hoy se despliegan sorprendentes hoteles entre viñedos, ponchos tejidos en telar de lana de oveja, vicuña o alpaca, pueblos que mantienen su tradicional forma de vida, caminos que serpentean entre valles y montañas y que invitan a descubrir maravillas a cada paso.

Un escenario ideal para visitar en vacaciones de invierno. Hace frío, sí, pero el sol casi siempre presente entibia los corazones, y la ausencia de las lluvias del verano asegura caminos abiertos. Aquí, una visita por los principales imperdibles de los Valles Calchaquíes.

Tierras de la Pachamama

Si dijimos “uno de los corazones” es porque estos valles tienen varios, a modo de joyas imperdibles donde hacer base para recorrer este tajo entre montañas que se extiende por 520 km, con el extremo sur en Punta de Balasto, Catamarca, y el norte en La Poma, Salta.

El Museo de la Pachamama, en Amaicha del Valle. Foto ShutterstockEl Museo de la Pachamama, en Amaicha del Valle. Foto Shutterstock

Desde el norte, por ejemplo desde la ciudad de Salta, hay tres ingresos principales: el que más se usa es el de la ruta 68, que atraviesa la espectacular Quebrada de las Conchas entre la capital provincial y Cafayate. Otro es el de la ruta 33, que trepa las curvas y contracurvas de la Cuesta del Obispo, atraviesa el Parque Nacional Los Cardones y se une con la 40 en Payogasta, cerca de Cachi.

Y el tercero es la legendaria Ruta Nacional 40 desde el norte, una aventura de varios km de ripio que pasa por el Abra del Acay, a casi 5.000 msnm. Hay que tomarla cerca de San Antonio de los Cobres e ingresa a los Valles a partir de La Poma, 77 km más al sur.

Desde el sur, las principales entradas son dos: Santa María del Yokavil, en Catamarca, por la 40, y Tafí del Valle, en las alturas tucumanas, por la serpenteante ruta provincial 307, que en 80 km asciende desde los 300 msnm de Simoca a los 2.000 de Tafí del Valle.

Las cabalgatas son una de las actividades más buscadas en Tafí del Valle. Foto Ente Tucumán TurismoLas cabalgatas son una de las actividades más buscadas en Tafí del Valle. Foto Ente Tucumán Turismo

Tierra de cabalgatas y buenos quesos, la belleza del valle de Tafí es algo así como una gran puerta de entrada. Además de las cabalgatas, se imponen caminatas, degustaciones de empanadas y quesos vallistos y una visita a la reserva arqueológica Los Menhires, antes de seguir viaje por la ruta 307 hacia el norte, pasar por El Infiernillo e iniciar un descenso a pura curva hasta Amaicha del Valle, donde es imperdible, para comprender un poco más de la cultura vallista, el Museo de la Pachamama.

Después de visitar la bodega comunitaria Los Amaichas y el observatorio astronómico Ampimpa -se pueden hacer observaciones y hasta pasar la noche-, la ruta 407 hacia el sur, que se transforma en 17 al cruzar a Catamarca, permite llegar a Santa María, donde recibe un gran monumento de una mujer embarazada: es, claro, la Pachamama, una obra del artista catamarqueño Raúl Guzmán.

A Santa María se la suele llamar “capital de los Valles Calchaquíes”, y en sus alrededores se pueden visitar desde sitios arqueológicos como Fuerte Quemado o Cerro El Calvario hasta comunidades originarias como San Antonio del Cajón, además de la comarca de Caspinchango, con su propuesta turística, y capillas históricas como las de Lamparcito, Loro Huasi o El Puesto.

Las ruinas de la Ciudad Sagrada de los Quilmes, el mayor asentamiento precolombino del país. Foto ShutterstockLas ruinas de la Ciudad Sagrada de los Quilmes, el mayor asentamiento precolombino del país. Foto Shutterstock

De allí, el ovillo que hilvana los principales atractivos de los Valles es la ruta 40, que hacia el norte lleva a las ruinas de la Ciudad Sagrada de los Quilmes, los restos del mayor asentamiento precolombino del país, en los faldeos del cerro Alto del Rey.

Esta ciudadela fue además el último bastión de la resistencia aborigen ante el avance español: claudicó en 1667, y 1.700 sobrevivientes fueron trasladados a pie hasta las proximidades de Buenos Aires (de allí toma su nombre el barrio de Quilmes), adonde llegaron solo 400.

Solo 15 km al norte exige otra parada Colalao del Valle, algo así como la “cuna del vino” tucumana, con varias bodegas a orillas del río Santa María y, cerca, la localidad de El Pichao, con un glamping y una buena oferta de turismo rural.

Las torres de la Catedral Nuestra Señora del Rosario y las montañas de Cafayate. Foto Turismo SaltaLas torres de la Catedral Nuestra Señora del Rosario y las montañas de Cafayate. Foto Turismo Salta

De vinos, iglesias y ponchos

Son solo 9 km desde Colalao hasta el límite con la provincia de Salta, donde se despliega la mayor parte de los Valles Calchaquíes: 237 km hasta La Poma, con infinidad de paradas en el camino y desvíos imperdibles, como la ruta 68 por la Quebrada de las Conchas.

Pero vamos paso a paso, porque a 25 km del límite interprovincial está Cafayate, parada obligada que merece no menos de un par de días, entre la ciudad y sus restaurantes en torno a la plaza, el moderno Museo de la Vid y el Vino, las escapadas cercanas a bodegas y viñedos o los trekkings por las montañas, como a la Cueva del Suri o las cascadas del río Colorado.

Viñedos en Cafayate, tierra de vinos. Foto ShutterstockViñedos en Cafayate, tierra de vinos. Foto Shutterstock

Con su clima seco, su gran amplitud térmica, sus muchos días de sol, sus noches frescas y su altura (1.700 msnm), Cafayate es tierra de vino, con el aromático torrontés como emblema. Y de su mano, una gastronomía que ha ido enriqueciendo las formas de elaborar los sabores clásicos: papines andinos, ajíes, empanadas, humitas y tamales, chivito o quesos.

Panza llena, corazón contento. De Cafayate se puede ir directo a Salta por la ruta 68, aunque lo de directo es un decir, porque la Quebrada de las Conchas, un paisaje que sorprende a cada paso con sus colores y sus formaciones naturales, demanda un stop a cada rato: los Castillos, la Garganta del Diablo, el Anfiteatro y otros sitios fascinan con sus formas, colores y sonidos.

Y también se puede continuar con rumbo norte por la 40: el asfalto sigue unos 30 km más, hasta pasar San Carlos, y allí comienza un viaje por el ripio de una ruta que en verano suele cortarse por las lluvias, pero que hasta Cachi es una sucesión de maravillas.

La ruta 40 atravesando la Quebrada de las Flechas. Foto ArchivoLa ruta 40 atravesando la Quebrada de las Flechas. Foto Archivo

Como la Quebrada de las Flechas, un paisaje increíble donde la ruta serpentea entre enormes y afiladas piedras que apuntan al cielo. Trépese al mirador El Ventisquero para tratar de tomar dimensión de esta maravilla -área natural protegida-, y luego de atravesarla, hágase una paradita en Angastaco, un pequeño pueblo que esperará con bodegas, alojamientos, restaurantes y la iglesia Nuestra Señora del Valle.

Cerca, el Mirador Angastaco ofrece nuevas panorámicas de la quebrada y del valle por el que corre el río Calchaquí.

La próxima parada está a una hora: Molinos, como un pueblo encantado que invita a recorrer sus calles tranquilas con antiguas casonas entre montañas y detenerse en la iglesia San Pedro Nolasco -Monumento Histórico Nacional-, donde están enterrados los restos de Nicolás Severo de Isasmendi, último gobernador español de la intendencia de Salta del Tucumán antes de la revolución.

Telares en Seclantás, la "cuna del poncho" salteño. Foto ShutterstockTelares en Seclantás, la «cuna del poncho» salteño. Foto Shutterstock

Cera de Molinos está la impresionante bodega Colomé, son sus vinos de altura. Y por allí nomás, siguiendo la 40, viene Seclantás y su Ruta de los Artesanos, un recorrido por talleres y telares donde se puede ver en vivo cómo se confeccionan algunos de los mejores ponchos salteños.

La iglesia Nuestra Señora del Carmen, que para muchos es una de las más lindas de Salta, también es de visita obligada, al igual que las cercanas Cuevas de Acsibi, donde la luz juega con la tierra roja creando arte natural.

Las extraordinarias Cuevas de Acsibi, cerca de Seclantás. Foto Fido AbánLas extraordinarias Cuevas de Acsibi, cerca de Seclantás. Foto Fido Abán

Hacia la Puna infinita

De allí son 30 km hasta Cachi y 5 más hasta Cachi Adentro, un camino repleto de viñedos y productores rurales que aprovechan las aguas del río Las Trancas, con aguas que provienen del inmenso Nevado de Cachi.

También hay alojamientos rurales, comederos y el curioso “ovnipuerto”, una construcción que impulsó el suizo Werner Jaisli, conocido como Bernard, que consiste en una gran estrella de 36 puntas con otra central de 12, que busca ser pista de aterrizaje para ovnis, que, se dice, andan por la zona. De hecho, un cartel en la cercana recta del Tin Tin, en la ruta 33, avisa: “zona de avistaje de ovnis”.

La Cuesta del Obispo desciende hacia el Valle de Lerma. Foto ArchivoLa Cuesta del Obispo desciende hacia el Valle de Lerma. Foto Archivo

Hacia esa recta y la famosa Cuesta del Obispo, que desciende hasta el Valle de Lerma y de allí a Salta, se dirige la mayoría de los viajeros. Otros, en cambio, continúan de Cachi al norte, para pasar por Payogasta y, 46 km más allá, a La Poma.

El viaje por los Valles Calchaquíes bien podría terminar en este punto, entre formaciones naturales como Puente del Diablo -Monumento Natural- y sus cavernas, o los Graneros de La Poma, silos construidos en una gruta natural que son uno de los principales vestigios de la cultura ancestral, declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco junto con otros dos sitios en Salta que formaron parte del Qhapaq Ñan o Camino del Inca.

El Tren a las Nubes parte de San Antonio de los Cobres, 90 km al norte de La Poma. Foto: TélamEl Tren a las Nubes parte de San Antonio de los Cobres, 90 km al norte de La Poma. Foto: Télam

Hasta aquí, los Valles Calchaquíes; más al norte, el Abra del Acay, y cruzándolo, la inabarcable Puna, con tesoros como San Antonio de los Cobres, el Tren a las Nubes, Susques, las Salinas Grandes, el paso de Jama y la ruta 40 que sigue y sigue hasta rozar Bolivia en Santa Catalina y terminar su largo recorrido en La Quiaca.



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